Nace en Montoro, en 1910. Desde muy temprana edad pudo apreciarse su predisposición para las artes plásticas, en especial para el dibujo y la pintura. A los diez años partió hacia Sevilla para estudiar y allí se formó en la Escuela de Artes y Oficios y en el estudio del pintor Juan Lafita; alternando dichos estudios con el trabajo de pintor ceramista.

Pero parece que no encontró en esta ciudad estímulos suficientes a sus intereses artísticos, mucho más cercanos a la modernidad, que los que allí se vivían (Sevilla en aquel momento estaba más apegada al barroco y al costumbrismo, que a las corrientes que se desarrollaban en el resto del país). La revista “Grecia”, portavoz del Ultraísmo, que se editaba en Sevilla, era el único nexo de unión entre el pintor y el clima renovado que se desarrollaba en Madrid.

Unos años más tarde, en 1927, marcha a Madrid, en donde asistió como alumno a las clases que impartía Julio Romero de Torres en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando.

Antonio Rodríguez Luna conectó también con Daniel Vázquez Díaz, artista nacido en la provincia de Huelva, que influyó en diversas generaciones de pintores españoles, aunque no pudo asistir a sus clases.

En Madrid conoció a artistas como Darío de Regoyos, José Gutiérrez Solana, Francisco Iturrino, Valle y José Moreno Villa. Fue importante su contacto con la “Sociedad de Artistas Ibéricos”, con la cual incluso llegó a participar en algunas de sus exposiciones, como la celebrada entre 1932-1933 en Berlín, en la Galería Flenchtheim, a la que llevó dos paisajes y un dibujo.

Además mantuvo otros contactos como por ejemplo con el escultor Alberto Sánchez y el pintor Rafael Barradas. Es decir, tuvo muchos contactos con la modernidad que todavía quedaba en España, pues una gran cantidad de artistas había marchado a París. En aquellas fechas, según el propio Luna, su obra se basaba en “...una concepción abstracta de las formas y el color, extraía mis materiales de creación de los campos y cielos castellanos”, esto algunos lo definieron como realismo mágico, pues esta obra estaba todavía fuera de la inquietud social que luego invadiría todo un periodo de su vida artística. Mientras, él luchaba por hacerse con una personalidad plástica propia dentro de la vanguardia existente, fundamentalmente el Neocubismo liderado por Daniel Vázquez Díaz y el Surrealismo dirigido por Salvador Dalí. Ambos conceptos tamizados por su sensibilidad pasaron a engrosar su obra.

Siguiendo con su interés por la vanguardia expuso en el segundo “Salón de los Independientes” dos obras y posteriormente participó en la creación del “Grupo de Arte Constructivo” (1930), que había fundado el uruguayo Joaquín Torres García. Junto a estos dos artistas también intervinieron Benjamín Palencia, Maruja Mallo, Francisco Mateos, José Moreno Villa, Alberto Sánchez y Julio González.

Ya inaugurada la Segunda República (1931) firmó con la “Asociación Gremial de Artistas Plásticos” de la que formaba parte, junto con Francisco Mateos, Emiliano Barral y Rafael Botí, el “Manifiesto dirigido a la opinión y los poderes públicos”, que fue publicado en el diario “La Tierra”. Se trataba de un manifiesto en defensa de la renovación de las artes plásticas, pero esta iniciativa no tuvo apenas repercusión social o política. Este mismo año de 1931 el Museo de Arte Moderno de Madrid adquiere una de sus obras.

Rodríguez Luna participó en la primera mitad del mes de diciembre de 1933 en la “I Exposición de Arte Revolucionario” a la que llevó una serie de cuadros titulada “Maldiciones”. En ella colaboraron, entre otros, artistas como Alberto Sánchez, Isaías Díaz, Joseph Renau, Bartolozzi o Ángel López-Obrero.

En 1933 se traslada a vivir a Cataluña, donde impartía clases de dibujo en el Instituto de Bachillerato de Mataró (Barcelona). Se integra en el mundo plástico barcelonés con cierta facilidad, pues su obra despertó gran interés. Expone en la “Galería Catalonia”, dedicada a la vanguardia. Además es invitado a participar en la Bienal de Venecia del año 1934.

Sus preocupaciones sociales surgieron a partir de la revolución de octubre de Asturias en 1934. Estos sucesos afectaron a su manera de expresarse plásticamente, su pintura se hizo más social y revolucionaria. Al descubrir que el neocubismo no podría reflejar su preocupación social, se alejó de él y se aproximó más al expresionismo, sin abandonar el surrealismo. Su obra uniría ambos conceptos dentro del prisma social, tan importante para el pintor en estas fechas.

Al llegar la Guerra Civil, Antonio Rodríguez Luna se dedica al arte de la ilustración, en el que refleja las fatídicas consecuencias de la guerra. Fundamentalmente, realizó dibujos para algunas revistas como “Mono Azul”; importante en este mismo sentido fue su serie “Diez y seis dibujos de guerra”,  que luego fueron recogidos en un álbum editado por “Nueva Cultura” en Valencia en 1937. En este libro aparecen algunos dibujos como “Octubre español”, “1934”, “Cárcel de Oviedo”, “el Ejército Nacional”, “Ellos también dan tierra a los campesinos”, “¡Todos en pie contra el fascismo!”, etc. Dibujos de gran crítica social, ironía y sátira contra el fascismo. En estos dibujos se aprecian la soledad, la tristeza, la rabia, el dolor, la muerte, el oscurantismo y el horror de la guerra.

Evidentemente, no dejó de pintar durante este periodo; la prueba se encuentra en las obras realizadas para el Pabellón Español en la Exposición Internacional de París del año 1937. En esta muestra participó con dos óleos titulados “Bombardeo de Colmenar Viejo” y “Composición con figuras”. Recordemos que allí es donde Picasso expuso su obra “Guernica”.

En febrero de 1939, Rodríguez Luna cruza la frontera francesa y poco tiempo después lo harán su mujer, Teresa de la Serna, y su hijo Antonio.

Luna estuvo 40 días en el campo de refugiados de Argeles-Sur-Mer. Salió de allí gracias a la gestión de Picasso y Miró11. Después estuvo en París, para marchar hacia Méjico mediado 1939. a donde fue invitado por el gobierno del Presidente Cárdenas, que también acogió a un gran número de españoles. La cifra rondó los 30.000, entre los que había muchos intelectuales y artistas.

Se acomodó rápidamente al panorama plástico del país, trabajando con el pintor David Alfaro Sequeiros, uno de los tres grandes muralistas mejicanos; los otros dos fueron Diego Rivera y José Clemente Orozco, en el mural del Sindicato de los Electricistas. Este trabajo lo hizo en colaboración con otros dos creadores españoles, Josep Renau y Miguel Prieto, también exiliados.

Siqueiros fue el primero que lo apoyó, pues al principio los artistas españoles no fueron bien recibidos por los muralistas, por el amenazante peligro que suponían, debido a que era elevado el número de artistas que llegaron a Méjico y que además traían un referente europeísta contra el que luchaba la pintura mejicana.

Este año realizó su primera exposición en Méjico en la “Galería de Arte Mejicano Inés Amor”, con gran éxito y obtuvo una beca del Colegio de Méjico, que le publicó algunos aguafuertes. Su obra se vinculaba al expresionismo intentando conectar con el mejicanismo, aunque pronto volverá a recoger sus raíces españolas.

Unos años después, ya asentado en este país, se le concede una de las becas más importantes, la de la Fundación Guggenheim, viajando a Nueva York (Estados Unidos). En este país estuvo dos años y expuso en algunas galerías de Washington y Nueva York. A partir de esta fecha se pone en contacto con el arte norteamericano, del que posteriormente tomará algunas pautas.

Regresa a Méjico en el año 1943 y en esta fecha es nombrado profesor de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos en la capital. Desde este privilegiado lugar formó e influyó a un gran número de artistas, que fueron componiendo una nueva generación de arte mejicano.

A la vez que educaba a esta generación de artistas, el propio Luna fue realizando un cambio en su estética, cercana a la abstracción con leves toques figurativos, alejándose del expresionismo y de los temas sociales, que tanto le habían interesado entre los años treinta y cincuenta.

Los años sesenta y setenta fueron de soledad para el pintor, los grandes amigos que lo habían acompañado en el exilio fueron muriendo: 1955, José Moreno Villa y Miguel Prieto; en 1967, Pedro Garfias; en 1968, León Felipe y por último, en 1976, Juan Rejano, muerte que le afectó profundamente, debido a la gran amistad que les unía.

Este sentimiento de soledad le impulsa a pensar en su retorno, pero durante un tiempo fue difícil, debido a problemas familiares y económicos –muerte de su segunda esposa, Alice Von Stoberl, y la enfermedad de su hijo Daniel; asuntos de divisa, etc. Aunque a partir de 1976 viajó a España en distintas ocasiones, por ejemplo, en noviembre de 1976 cuando inauguró una muestra suya en la Galería Juana Mordó.

El regreso de Rodríguez Luna a su ciudad natal se produjo unos años después, en la década de los 80. En 1981 Luna realiza una donación de obras de su última etapa, inaugurándose en 1982 el museo en la ermita de San Jacinto.

En 1983 es nombrado Hijo Predilecto y poco después se le concede la Medalla de Oro de la ciudad, además de dedicarle una calle.

Antonio Rodríguez Luna murió en 1985, en Córdoba, siendo enterrado en Montoro.